domingo, 9 de julio de 2017

Claudia Roquete Pinto - Tres poemas

Imagen de Masao Yamamoto

Os dejo con la voz de la poeta brasileña Claudia Roquete Pinto, posee una voz delicada, como un susurro íntimo. Sus poemas son pequeñas historias personales o tomadas de otros, parece que hace alusiones a momentos particulares detenidos en el tiempo, como una fotografía que se inmortaliza.

Cinco lecciones de inglés

That summer he missed his lover – sacó del bolsillo, con sumo cuidado, la última carta, que se rasgó a lo largo de las dobladuras gastadas.

The letter confused her – Aun después de leer y releer la carta, no conseguirá impedir que sus mayores expectativas y sus peores miedos
- niños en el subibaja – alternaran en su mente.

She felt very sad – andaba, día y noche, como si llevara en el pecho el cristal que una piedra acababa de quebrar.

He was angry – Golpeaba con insistencia la punta del zapato contra el zócalo, y, repentinamente, repetía entre dientes alguna frase incomprensible, que puntuaba con un puñetazo.

She begged him to stay – se aferró a la manga de su camisa sin decir palabra.


***


Margen de maniobra

Me cubro con la A de la palabra zarpa
me cubro con la A que traslada
(y la memoria es ignición de una idea
sobre dunas de pólvora).

Me acuesto en la décimo tercera casa,
me acuesto bajo la letra de manos dadas
M: escondo entre escombros
el sentimiento que sobra.

Esto, sí me conmueve,
el anillo, cuando suena
y engloba, ensombra,
remueve la persona
- letra O, de vértigo y polvo,
que zozobra.

He aquí el despeñadero,
pescuezo de fiera,
he aquí la R que traiciona, apuñala,
destierra – he aquí el último tiro
sin margen de maniobra.


***


Todo el día persiguiendo una idea:
tontas luciérnagas contra la tela
de las especulaciones, y ninguna
floración, ni siquiera
un botón incipiente
en el marco de la ventana
presta foco al hipotético jardín.
Lejos de aquí, de mí
(más adentro)
bajo al pozo de silencio
que en gerundio atraviesa madrugadas
ora blanco (como labios de espanto)
ora negro (como ciego, como
miedo atado a la garganta)
tomada apenas de un hilo, frágil y fisionable,
íntimo al infinito,
mínimo donde el superlativo tropieza
y es todo lo que tengo
hasta dispensar el sueño de suelo probable
hasta que mis pies se claven
ene el rostro de esta última flor.

Claudia Roquete Pinto - Traducción de Teresa Arijón




Biografía
Claudia Roquette-Pinto (Río de Janeiro, 1963). Poeta, traductora y artista plástica Dirigió de 1985 a 1990 la revista Verve, de literatura y arte. Ha publicado cinco libros de poesía: Os dias gagos (1991), Saxífraga (1993), Zona de sombra (1997), Corola (2001), que obtuvo un prestigioso Premio Jabuti de Poesía en 2002, y Margem de manobra (2005), que fue finalista del Premio Telecom de Portugal en 2006. Actualmente ha concluido su primera novela, Entre lobo e cão. Sus poemas han sido recogidos en las últimas antologías en lengua castellana de poesía brasileña como Norte y sur de la poesía iberoamericana, coordinada por Consuelo Triviño en 1997, Correspondencia Celeste. Nueva poesía brasileña, del antólogo y traductor Adolfo Montejo Navas en 2001 y, recientemente, en La poesía del siglo XX en Brasil, edición de José Javier Villareal, en 2012.

Fuente: Otra línea de fuego – quince poetas brasileñas ultra contemporáneas
Traducción de Teresa Arijón - Edición bilingüe
Editado por el servicio de: Publicaciones centro de ediciones de la diputación de Málaga - 2009


domingo, 2 de julio de 2017

El hijo de Desirée – Kate Chopin


Foto de Kate Chopin (Missouri History Museum, St. Louis, USA)

Os dejo un relato apasionante de Kate Chopin, autora estadounidense, escrito en el siglo XIX, relata la vida de una madre y el reciente nacimiento de su pequeño. Kate Chopin nos irá desvelando la trama con sutileza.

En el marco de una sociedad sureña, racista y clasista.

El hijo de Desirée – Kate Chopin

Como era un día agradable, Madame Valmondé decidió ir hasta L’Abri a visitar a Désirée y su pequeño hijo.
Pensar en Désirée con un bebé la hacía sonreír. Le parecía mentira que hubiese pasado tanto tiempo desde que Désirée fuera, ella misma, una criatura; desde que Monsieur, al salir a caballo del portón de Valmondé, la hubiese encontrado dormida bajo la sombra de una gran columna de piedra.
La pequeña despertó en los brazos de Monsieur y empezó a gritar, llamando a «Dada». No sabía hacer ni decir nada más. Algunos pensaron que quizá, en forma espontánea, había caminado sola hasta ese lugar, pues ya tenía edad como para dar sus primeros pasos. Otros creían que había sido abandonada por una banda de tejanos, cuya carreta cubierta de lona, tarde aquel día, había cruzado en la balsa de Coton Maïs, un poco más abajo de la plantación. Con el tiempo, Madame Valmondé dejó de lado todas las especulaciones, excepto que Désirée le había sido enviada por la bondadosa Providencia para que ella la amara, ya que no tenía hijos de su propia sangre. Y la niña creció para convertirse en una joven dulce, bella, cariñosa y sencilla, la predilecta de Valmondé.
A nadie sorprendió, pues, que un día en que Désirée se hallaba recostada contra la columna de piedra —bajo cuya sombra había dormido dieciocho años antes—, Armand Aubigny, paseando a caballo y viéndola allí, se hubiese enamorado de ella. Ésa era la manera como todos los Aubigny se enamoraban, de un certero disparo. Lo increíble era que no se hubiese fijado en ella antes, pues la conocía desde que su padre lo había traído de París, apenas un niño de ocho años, después de la muerte de su madre en aquella ciudad. La pasión que se despertó en él aquella mañana, cuando la vio en el portón, avanzó igual que una avalancha o un incendio en el bosque, como algo inefable que no se detiene ante ningún obstáculo.
Pero Monsieur Valmondé era un hombre práctico y quería que todo fuera debidamente examinado; por ejemplo, el origen desconocido de la muchacha. Armand la miró a los ojos y no le importó. Se le recordó que ella no tenía apellido. ¿Qué podía importar un nombre cuando él podía darle uno de los más antiguos y rancios de Louisiana? Encargó los regalos de casamiento a París, y esperó impaciente a que llegaran; entonces se llevó a cabo la boda.
Hacía cuatro semanas que Madame Valmondé no veía a Désirée y a su hijo. Al llegar a L’Abri, como siempre le sucedía, se estremeció ante la primera impresión. Era un lugar triste, que durante muchos años no había conocido la dulce presencia de una mujer, de una dueña. El viejo Monsieur Aubigny se había casado y había enterrado a su esposa en Francia; y Madame Aubigny había amado demasiado su tierra como para alejarse de ella.
El techo caía en pendiente inclinada, negro como capucha de monje, y bajaba más allá de las amplias galerías que rodeaban la casa de estuco amarillo. A su lado se erguían robles altos y austeros, cuyas largas y frondosas ramas ensombrecían la casa como un paño mortuorio. El joven Aubigny era estricto, además: bajo su mando, los negros llegaron a olvidar la alegría que habían disfrutado en los tiempos plácidos e indulgentes del viejo amo.
La joven madre se recuperaba lentamente y yacía recostada, entre muselinas y encajes, en un canapé. El bebé reposaba a su lado, todavía en sus brazos, donde se había dormido. La nodriza de piel cetrina estaba sentada frente a la ventana, abanicándose.
Madame Valmondé inclinó su corpulenta figura sobre Désirée y la besó, mientras la abrazaba con ternura un instante. Enseguida miró al niño.
—¡Éste no es el niño! —exclamó en tono sobresaltado. El francés era el idioma que se hablaba en esos días en Valmondé.
—Sabía que te ibas a sorprender —rió Désirée—, por la manera en que ha crecido. ¡El pequeño cochon de lait! Mira sus piernitas, mamá, y sus manos y uñas, uñas de verdad. Zandrine tuvo que cortárselas esta mañana. ¿No es cierto, Zandrine?
La mujer inclinó majestuosamente la cabeza cubierta por un turbante: —Mais si, Madame.
—Y su manera de llorar —continuó Désirée— aturde a todos. El otro día, sin más, Armand lo oyó desde la cabaña de La Blanche, que está tan lejos de aquí.
Madame Valmondé no le había quitado los ojos de encima al pequeño en ningún momento. Lo alzó en brazos y caminó con él hacia la ventana mejor iluminada. Lo examinó con cuidado y miró inquisitiva a Zandrine, que había desviado la cara para contemplar la campiña.
—Sí, el niño ha crecido, ha cambiado —dijo Madame Valmondé, despacio, mientras lo colocaba de nuevo al lado de su madre—. ¿Qué dice Armand?
El rostro de Désirée resplandeció de felicidad.
—¡Ah! Armand es el padre más orgulloso del condado, estoy segura. Sobre todo porque es un varón, que llevará su nombre, aunque dice que no..., que hubiera querido igualmente a una niña. Pero sé que no es cierto. Sé que lo dice para complacerme. Y, mamá... —agregó, atrayendo a Madame Valmondé hacia ella y hablando en voz baja—, no ha castigado a ninguno de ellos, a ninguno de ellos, desde que el bebe nació. Ni siquiera a Negrillon, que fingía haberse quemado la pierna para no trabajar... Armand sólo se rió y dijo que Negrillon era un gran pillo. ¡Ay, mamá, me asusta ser tan feliz!
Lo que decía Désirée era verdad. El matrimonio y luego el nacimiento de su hijo habían ablandado la naturaleza arrogante y exigente de Armand en forma notoria. Esto era lo que hacía tan feliz a la dulce Désirée, pues ella lo amaba con pasión. Cuando él arrugaba la frente, ella temblaba, pero lo seguía amando. Cuando él sonreía, no había para ella mayor bendición del cielo. Pero ningún enojo había desfigurado el semblante moreno y atractivo de Armand desde el día en que se había enamorado de Désirée.
Cuando el bebé tuvo alrededor de tres meses, Désirée se despertó una mañana con la sensación de que había algo imperceptible en el ambiente que amenazaba su tranquilidad. Al principio, el sentimiento era demasiado sutil para captar su sentido. Se trataba sólo de una insinuación inquietante, un aire de misterio entre los negros; apariciones inesperadas de vecinos lejanos que apenas podían justificar sus visitas. Luego, un cambio extraño y terrible en el comportamiento de su marido, que ella no se atrevía a pedir que explicara. Al dirigirse a ella, él desviaba los ojos, despojados del destello amoroso de antaño. Se ausentaba del hogar; y cuando estaba en casa, eludía su presencia y la del bebé, sin ninguna excusa. Y, de pronto, el mismo Satanás parecía poseerlo en su trato con los esclavos. Désirée se sentía tan desgraciada que deseaba morir.
Una tarde calurosa estaba sentada en su habitación, en salto de cama, retorciendo indiferente entre los dedos el largo y sedoso cabello que le caía sobre los hombros. El bebé, semidesnudo, dormía en la cama de caoba de Désirée, un gran lecho semejante a un suntuoso trono, con el dosel revestido en satén. Uno de los pequeños mestizos de La Blanche, también semidesnudo, estaba de pie refrescando despacio al niño con un gran abanico de plumas de pavo real. Los ojos de Désirée se habían posado con tristeza, distraídamente, en el niño, mientras se esforzaba por penetrar en la niebla amenazadora que sentía cernirse sobre ella. Miró primero a su hijo y luego al niño que estaba de pie a su lado, y de éste a su hijo, una y otra vez. «¡Ah!» No pudo sofocar el grito. Es más, ni siquiera se dio cuenta de que lo había pronunciado en voz alta. La sangre se le heló en las venas y un sudor húmedo le empapó el rostro.
Intentó hablarle al pequeño mestizo, pero ningún sonido salió al principio de sus labios. Al oír su nombre, él miró a su ama, que le señalaba la puerta. Dejó a un lado el abanico, grande y suave, y obedientemente se deslizó, descalzo, por el piso lustroso, de puntillas.
Ella permaneció inmóvil, con los ojos clavados en su hijo, mientras su rostro se convertía en la imagen misma del terror.
Poco después, su marido entró en el aposento. Se acercó a la mesa y, sin prestarle atención, empezó a buscar entre los varios papeles que la cubrían.
—Armand —lo llamó, en un tono de voz que hubiera desgarrado a un ser humano. Pero él no se dio cuenta—. Armand —repitió. Entonces fue hacia él, tambaleándose—. Armand —dijo, una vez más, con sonidos entrecortados—, mira a nuestro hijo. ¿Qué significa? Dime.
Fríamente, pero con suavidad, él desprendió uno a uno los dedos que asían su brazo y le apartó la mano.
—¡Dime qué significa! —gritó, desesperada.
—Significa —le respondió, gentilmente— que el niño no es blanco; significa que tú no eres blanca.
La comprensión inmediata del sentido de aquella acusación le dio inusitadas fuerzas para defenderse.
—Es mentira, no es verdad, ¡soy blanca! Mira mi cabello, es castaño. Mis ojos son grises, Armand. Tú sabes que son grises. Y mi piel es clara —dijo, tomándolo de la muñeca—. Mira mis manos, más blancas que las tuyas, Armand —rió histéricamente.
—Tan blancas como las de La Blanche —replicó con crueldad, y se fue, dejándola sola con el niño.
Cuando ella pudo sostener una pluma en sus manos, le escribió una carta desesperada a Madame Valmondé.
«Madre, me dicen que no soy blanca. Armand me ha dicho que no soy blanca. Por amor de Dios, diles que no es cierto. Tú sabes, sin duda, que no es cierto. Me moriré. Debo morir. No puedo ser tan infeliz y seguir viviendo.»
La respuesta fue breve:
«Mi querida Désirée: regresa a Valmondé, regresa a tu madre que te quiere. Ven con tu hijo.»
En cuanto llegó la carta, Désirée la llevó al estudio de su marido y la puso sobre el escritorio delante de él. Ella parecía una estatua de piedra: callada, pálida, inmóvil.
En silencio y fríamente, él recorrió con la vista las palabras escritas. No dijo nada.
—¿Debo ir, Armand? —preguntó. El suspense en la voz delataba su angustia.
—Sí, vete.
—Quieres que me vaya.
—Sí, quiero que te vayas.
Armand pensaba que Dios había sido injusto y cruel con él; y sentía, de algún modo, que le pagaba al Señor con la misma moneda cuando desgarraba así el corazón de su mujer. Además, ya no la amaba; grande había sido la injuria, por inconsciente que fuera, con la que ella había manchado su casa y su nombre.
Ella le dio la espalda como si la hubiesen aturdido de un golpe y caminó despacio hacia la puerta, con la esperanza de que la volviese a llamar.
—Adiós, Armand —gimió.
Él no le respondió. Fue su última venganza contra el destino.
Désirée salió a buscar a su hijo. Zandrine estaba paseando al niño por la lúgubre galería. Lo tomó de los brazos de la nodriza sin ninguna explicación y descendió los escalones y se alejó bajo las frondosas ramas de los robles siempre verdes.
Era una tarde de octubre; el sol empezaba a hundirse en el horizonte. Afuera, en el campo, los negros recogían algodón.
Désirée no se había cambiado el salto de cama, blanco y fino, ni las chinelas que llevaba puestas. Nada cubría sus cabellos, y los rayos de sol arrancaban destellos dorados de sus mechones castaños. No se dirigió hacia el camino ancho y transitado que conducía a la distante plantación de Valmondé. Caminó a través de un campo desierto, donde el rastrojo lastimó sus exquisitos pies, calzados tan delicadamente, e hizo trizas su camisón vaporoso.
Desapareció entre los juncos y los sauces que crecían enmarañados a orillas del profundo e indolente pantano; y nunca más regresó.
Semanas después, en L’Abri, tuvo lugar una curiosa escena. En el centro de un patio posterior, barrido con pulcritud, había una gran hoguera. Armand Aubigny se encontraba sentado en el amplio zaguán desde donde dominaba el espectáculo; era él quien repartía, entre una media docena de negros, el material que mantenía vivo el fuego.
Una elegante cuna de madera de sauce, con todos sus primorosos adornos, fue puesta en la pira, que ya había sido alimentada con la suntuosidad de un magnífico ajuar de bebé recién nacido. Había vestidos de seda, y junto a éstos, otros de raso y de terciopelo; encajes, también, y bordados; sombreros y guantes, pues la corbeille había sido de excepcional calidad.
Lo último en desaparecer entre las llamas fue un pequeño manojo de cartas; inocentes garabatos diminutos que Désirée le había mandado durante los días de su vida en común. Quedaba una hoja suelta en la parte de atrás del cajón de donde había tomado el manojo. Pero no era de Désirée. Pertenecía a una vieja carta de su madre dirigida a su padre. La leyó. En ella, su madre le agradecía a Dios por haberla bendecido con el amor de su esposo.
«Pero, sobre todo», había escrito, «agradezco noche y día al buen Dios por haber dispuesto de tal manera nuestras vidas, que nuestro querido Armand nunca sabrá que su madre (quien lo adora) pertenece a la raza que ha sido marcada a fuego con el estigma de la esclavitud».

Éste cuento fue escrito en 1892 y fue publicado en uno de los números de enero de 1893 de la revista Vogue. Posteriormente fue vuelto a publicar en el volumen de cuentos Bayou Folk en 1894.
Desconozco al autor de la traducción.

Para leer el texto original despliegue el siguiente enlace:

Para escucharlo en:

Biografía
Katherine O'Flaherty Faris (St. Louis, Missouri, EEUU, en 1850-1904 en St. Louis, Missouri, EEUU), más conocida como Kate Chopin, fue una autora estadounidense de historias cortas y novelas.
Escribió The awakening, The story of an hour y The storm, entre otros trabajos.
A finales de la década de 1880, Kate ya publicaba narraciones cortas, artículos y traducciones que aparecieron en los periódicos Atlantic monthly, Criterion, Harper's young people, The Saint Louis dispatch, The story of an hour y Vogue.
Aunque fue aclamada muy pronto como autora por su descripción de la sociedad sureña, sus cualidades literarias pasaron más desapercibidas.
En 1899 su segunda novela, The awakening (El despertar), fue publicada a pesar de las duras críticas que recibió, más por cuestiones morales que literarias. Esta obra trata de la historia de una esposa insatisfecha que explora su sexualidad. Fuera de circulación durante varias décadas, hoy se encuentra hoy ampliamente disponible.
Chopin, profundamente decepcionada pero no derrotada, retomó el cuento breve. En 1900 escribió The gentleman from New Orleans, y ese mismo año fue incluida en la primera edición de Marquis Who's Who.
Hacia 1904 Kate experimentó un colapso mientras visitaba el St. Louis World's Fair. Falleció dos meses después, a la edad de 53 años.
En España se ha publicado The awakening (El despertar), 1899; The story of an hour (En el espacio de una hora), 1894; The storm (La tormenta), 1969; Athenaïse, 1896; Pair of silk stockings (Un par de medias de seda), 1897; o A respectable woman, (Una mujer respetable) 1894, entre otros.
Kate Chopin centró gran parte de su obra en retratar la vida de las mujeres y sus esfuerzos constantes para crear una identidad propia dentro de la sociedad sureña de finales del siglo XIX

Fuente: Texto

Fuente: Biografía

viernes, 30 de junio de 2017

Juliana Krapp – Dos poemas

Imagen de Brooke Shaden

Pretexto

el ojo de la calle es seco, sarcástico
del mismo género de las abotonaduras
y los tocadores

de todo queda siempre su misterio virgen
la belleza de iris los aires mugrientos la córnea
como una diadema despavorida
sobre nuestras cabezas

entonces cruzo la pista sin melancolía
y cerró el cierre relámpago sobre la piel


***


 Imagen de Brooke Shaden

Falacia

Dijiste que te gustaban los nombres que parecen interrumpidos
Conrad, Murdoc
Dije sic. No lo tomes en cuenta, por favor.
El cielo no entiende de marte, pero lo dijiste
y marte se volvió extraño, un pequeño ojo exasperado
enciclopédico
como el sexo que tuvimos después. De cierta forma precoz,
quedó revoloteando en el papel pardo de la ventana
hasta encontrar una fisura — toda vidrio, toda allende
Dijiste plancton, litio (roca sedienta)
arduos asesinos por encargo acechando en las mazmorras
y en un murmullo: «enrejados»
«orquídeas»
remache
para encontrar un punto de fuga, un ósculo rudo
boca vulva narinas — orifícios de lujo
espiando de soslayo flujos
de palabras nuevas
y líquidos por la mitad.
Dijiste acahuete
y te adormeciste con la mano un poco trémula sobre mi pierna.

***

Pretexto

o olho da rua é seco, sarcástico
do mesmo gênero das abotoaduras
e toucadores

de tudo resta sempre o seu mistério virgem
a beleza de íris os ares encardidos a córnea
tal qual um diadema espavorido
sobre nossas cabeças

então ele cruzou a pista sem qualquer melancolia
e travou o zíper sobre a pele 


***


Falácia

Você falou que gostava dos nomes que parecem interrompidos
Conrad, Murdoc
Eu disse sic. Não atenda, por favor.
O céu não entende de marte, mas você disse
e marte ficou estranha, um olhinho exasperado
enciclopédico
como o sexo que fizemos depois. De certa forma precoce,
ficou revoando no papel pardo da janela
até encontrar uma fissura — toda vidro, toda alhures

Você falou plâncton, lítio (rocha sedenta)
árduos assassinos de aluguel espreitando nas masmorras
e, num murmúrio: "treliças"
"orquídeas"
arrebite
para que se ache um ponto de fuga, um ósculo rude
boca vulva narinas — orifícios de luxo
espiando de soslaio fluxos
de palavras novas
e líquidos pela metade.
Você falou alcagüete
e adormeceu com a mão um pouco trêmula sobre a minha perna.

Biografía
Juliana Krapp nace en Río de Janeiro Brasil, 1980. Periodista y master en comunicación social. Inédita en libro, sus poemas han sido publicado en revistas Inimigo Rumor, Poesía Sempre y Modo de Usar & Co.

Fuente: Otra línea de fuego - Quince poetas brasileñas ultracontemporáneas – De: Heloisa Buarque de Hollanda – T. Arijón (Eds.) - Traducción de Teresa Arijón. Edición bilingüe – Edita: Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga CEDMA


martes, 27 de junio de 2017

Lucille Clifton - la muerte de caballo loco

Memorial  a caballo loco (imagen de la red)

la muerte de Caballo Loco * (5 de septiembre de 1877, a la edad de 35)



en los cerros donde el aro

del mundo

se inclina a las cuatro direcciones

ha mostrado a mí el WakanTanka*

el camino que caminan los hombres es una sombra.

Yo era un niño cuando llegué a comprender ese hecho:

que los cabellos largos y las barbas grises, y yo,

tendríamos que entrar al sueño para ser real.

.

por lo tanto soñé y soñé

y sobreviví.

.

soy el último jefe de guerra,

nunca derrotado en batalla*.

Lakotah*, acuérdense mi nombre.

.

ahora durante esta vuelta

mis huesos y mi corazón

están calentitos en las manos de mi padre.

WakanTanka me ha enseñado que

las sombras van a quebrarse

cerca del arroyo llamado Rodilla Herida*

.

acuérdense mi nombre, Lakotah.

soy el último jefe de guerra.

padre, el corazón,

nunca vencido en batalla,

padre, los huesos,

nunca dominado por batalla,

déjenlos al sitio de Rodilla Herida

.

y acuérdense nuestro nombre: Lakota.

estoy soltado de la sombra.

Mi caballo sueña / baila debajo de mí

mientras entro en el mundo real.

Traducción de Alexander Best

*Caballo Loco = “Crazy Horse” en inglés y Tȟašúŋke Witkó en la lengua Sioux. aprox.1840 1877. Era un líder de guerra de los indios Lakotah (una rama de la nación indígena Sioux de las Grandes Llanuras de los EE.UU.)

*WakanTanka = el “gran espíritu” o el “gran misterio”: el término para lo sagrado o lo divino en la cosmovisión de la gente Sioux.

*nunca derrotado en batalla = La Batalla de Little Big Horn (junio de 1876)

*Lakotah = la gente Sioux en los estados de Dakota del Norte y Dakota del Sur.

*Rodilla Herida = “Wounded Knee” en inglés. Lugar en Dakota del Sur. Sitio de una matanza de los indios Sioux por los soldados del gobierno estadounidense. Considerada como “el episodio final” en la conquista de la gente indígena norteamericana.



the death of crazy horse (sept.5th, 1877, age 35)

.

in the hills where the hoop

of the world

bends to the four directions

WakanTanka has shown me

the path men walk is shadow.

i was a boy when i saw it,

that long hairs and grey beards

and myself

must enter the dream to be real.

.

so i dreamed and i dreamed

and i endured.

.

i am the final war chief.

never defeated in battle.

Lakotah, remember my name.

.

now on this walk my bones

and my heart

are warm in the hands of my father.

WakanTanka has shown me the shadows

will break

near the creek called Wounded Knee.

.

remember my name, Lakotah.

i am the final war chief.

father, my heart,

never defeated in battle,

father, my bones,

never defeated in battle,

leave them at Wounded Knee

.

and remember our name. Lakotah.

i am released from shadow.

my horse dreams and dances under me

as i enter the actual world.


Lucille Clifton

Biografía
Lucille Clifton nació en Depew, Nueva York en 1936. Su primer libro de poesía Good Times, fue considerado por el New York Times como uno de los mejores libros del año ( 1969).

Clifton trabajó como empleada del estado y del gobierno federal hasta 1971, luego trabajó como escritora en el Coppin State College en Baltimore; Maryland, donde escribió: Good News About the Earth (Random House, 1972), y An Ordinary Woman (1974).

Continuó escribiendo diversos libros de poesía, entre los cuales: Voices (BOA Editions, 2008); Mercy (2004); Blessing the Boats: New and Selected Poems 1988-2000 (2000), el cual obtuvo el Premio Nacional del Libro; The Terrible Stories (1995), nominado para el Premio Nacional del Libro; The Book of Light (Copper Canyon Press, 1993); Quilting: Poems 1987-1990 (1991); New Poems (1987)
Su copilación Good Woman: Poemas y memorias 1969-1980 (1987) fue nominado para el premio Pulitzer, obtuvo el premio de la Universidad de Massachusetts Press Juniper. También escribió Generations: Memorias (1976) y más de dieciséis libros para niños, en especial escritos para los afro-americanos.

Ha sido galardonada con el premio Emmy de la Academia Americana de Televisión de Artes y Ciencias, el premio Lannan Literary, dos becas de la National Endowment para el Arte, el premio Shelley Memorial, el premio YM-YWHA Poetry Center Discovery, en el 2007 obtuvo el premio Ruth Lilly.

En 1999 fue elegida como Canciller de la Academia de Poetas Americanos. Además, fue elegida como poeta laureada del estado de Maryland y ddistinguida comoProfesora de Humanidades en el St. Mary's College de Maryland.

Luego de una larga lucha contra el cáncer, Lucille Clifton muere en Febrero de 2010 a la edad de 73 años.




Fuente: Zócalo Poets



lunes, 26 de junio de 2017

Kamala Suraiya Das - Dos poemas



imagen de Catrin Welz-Stein

Los raros

Habla girando hacia mí una mejilla
Marcada por el sol, su boca, una caverna
Oscura donde brillan estalactitas de
Dientes desiguales, su mano
Derecha sobre mi rodilla, mientras nuestras mentes
Son empujadas a correr hacia el amor.
Pero tan sólo se pasean, trastabillando
Ociosamente sobre charcos de
Deseo… ¿puede este hombre de
Ágiles dedos desatar
Algo más vivo que el
Hambre ociosa de una piel? ¿Quién puede
Ayudarnos que haya vivido largo tiempo
Y haya fracasado en el amor? El corazón,
Un depósito vacío esperando
Largas horas, se llena a sí mismo
Con enroscadas serpientes de silencio…
Soy rara. Únicamente
Para guardar las apariencias hago ostentación,
A veces, de un deseo exuberante.


***



imagen de Catrin Welz-Stein

Enamorada

¿A qué me recuerda la boca ardiente
Del sol, llameando en el cielo
De hoy? … ¡Oh! Sí, su
Boca, y… miembros como plantas
Pálidas y carnívoras estirándose
Hacia mí  y la triste mentira
De mi inagotable deseo. ¿Dónde está
El espacio, la excusa o incluso
La necesidad del amor? Porque, ¿no es cada
Abrazo algo completo, un
Rompecabezas acabado, cuando boca sobre
Boca miento, ignorando mi pobre y
Melancólico pensamiento, mientras el placer,
Con premeditada alegría,
Atruena ásperamente en el
Silencio de la habitación…? Al mediodía
Miro los cuervos flacos volando
Como peces con alas – y por la
Noche, desde detrás de la calle Burdwan,
Los portadores de muertos gritan, ¡Bol
Hari Bol!, extraño acompañamiento
Para noches sin luna. Mientras paseo
Insomne por la veranda un
Millón de preguntas surgen en
Mí, todas sobre él y
Esta sensación i por la piel
Que no me atrevo todavía en
Su presencia a llamar nuestro amor.

Fuente: Kamala Suraiya Das - La vieja casa de juguete y otras historias - Colección Torremozas - Madrid 2004. Traducción y Prólogo: Isabel García López.